Elul, el último mes del calendario hebreo. Es el mes del recogimiento, de la reflexión, de la meditación, es el mes de la Teshuvá.
Teshuvá es respuesta y es retorno.

Elul es un alto en el camino. Es el tiempo de parar y reconsiderar con intención y con conciencia. Estando presentes con nosotros mismos.

Una vez al año, pero cada año nuevamente se nos invita a transitar este tiempo con una nueva energía, una nueva mirada, un nuevo sentimiento. Es un proceso dinámico y cíclico. Y esto es así porque el calendario no es para nosotros un mero recordatorio del pasado, sino que es una dimensión espiralada que nos invita cada año a mirar para atrás, pero en tiempo presente.
Así es que cada año salimos nuevamente de Egipto en Pesaj, recibimos la Torá en Shavuot, habitamos en la fragilidad de la Sucá y por supuesto pedimos ser inscriptos en el Libro de la Vida y pedimos perdón en Rosh HaShaná y Yom Kipur.

Pero primero pasamos por Elul. Un mes entero de recapitulación. Un mes entero donde suena el Shofar para despertarnos y convocarnos a la reflexión.
Cada año tenemos la oportunidad de volver a revisar con nuevos ojos y volver a sentir con el alma acontecimientos, hechos, acciones y omisiones. Repensar, de re-sentir y así ratificar o rectificar nuestro rumbo.

Pedimos perdón y perdonamos. Y la pregunta que me hago es si en ese proceso nos incluimos a nosotros mismos. Casi podría afirmar que esta pregunta debe causar sorpresa a más de uno.
¿Perdonarme a mi misma?? ¿Porque debería pedirme perdón?? ¿Como sería ese proceso??
Al reflexionar sobre esta posibilidad quizás caigamos en la cuenta que si creemos que pedir perdón o perdonar a otros es difícil, cuando uno revierte la mirada hacia adentro es tanto más difícil.
Somos normalmente muy exigentes con nosotros mismos. Tanto que estamos prestos a condenarnos por todas y cada una de las fallas que podamos haber cometido, tanto si fueron conscientes o no. Y es tan grande la exigencia que nos pasa en transparencia la posibilidad de voltear con una mirada amorosa hacia nosotros y nuestras transgresiones o falencias.
Estamos tan ocupados mirando hacia afuera, que muchas veces olvidamos observar hacia adentro. Y si lo hacemos seguramente allí encontraremos un ser amoroso y genuino que hizo lo mejor que pudo y que espera con una mirada ávida esa caricia tierna y comprensiva que, habitualmente también, tenemos para con otros.

Hablo de una mirada compasiva y generosa, pero no justificadora. No se trata de justificar acciones disvaliosas por el mero hecho de estar en tiempo de perdón. No es suficiente expresar arrepentimiento, cuando este es vacío y oportunista. Ya que esa justificación seria habilitante a repetir una y otra vez el error.

Se trata de un verdadero camino hacia nuestro corazón y nuestra alma. Una conversación interna y honesta que permita revisar nuestras acciones, reflexionar sobre nuestras elecciones, y en aquellos espacios donde advirtamos habernos equivocado, tanto con nosotros mismos como en relación a otros, darnos la oportunidad de perdonar-nos, sanar y volver a empezar, pero siempre con el recuerdo o la conciencia de lo pasado, como recordatorio para no volver a repetir.
Todo esto sucede durante el mes inmediato anterior a Rosh ha Shana, la cabeza del Año. SHANA, año, comparte raíz con SHENI lo segundo, lo repetido y con SHINUI, cambio. Nuestro lenguaje nos invita repetir y a cambiar, todo al mismo tiempo. La elección es nuestra.
Ojalá este año cada uno escuche un shofar interno que nos sacuda y nos mantenga despiertos frente a nuestros compromisos y promesas. Que cuando llegue Elul del año próximo, nuestra reflexión y recogimiento verse sobre temas nuevos y no sobre los mismos del año pasado o del anterior. Que podamos gratificarnos por haber estado presentes cada día de nuestro año y de nuestra vida


 

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