por Ethel Barylka

Cuando los Hijos de Israel, pueblo de esclavos recién liberados, salen a deambular por el desierto en una marcha que habría de conducirlos a la Tierra Prometida, reciben las normas y leyes que habrían de consolidar su identidad nacional, diferenciándoles de los pueblos y civilizaciones que los rodeaban.

La revolución monoteísta comenzada por Abraham y Sara en aquel primer deambular parecería haber sido detenida en el tiempo, a juzgar por la conducta del pueblo y de la primera reacción de Moshé ante la presencia y la orden directa de Dios, poco sabemos de ella en los largos años de la esclavitud, pero finalmente el pueblo sale, liberado y agradecido canta a Dios.
En medio de esa magnitud de espacio, Dios da una orden “Veasú li Mikdash veshajanti betojam”- “Hacedme un santuario y moraré en vosotros״ (Shemot 25:8), restringiendo su presencia a un lugar específico, limitado, conmensurable. Pero si bien hay que construir un lugar físico, un santuario, un lugar para el culto, este territorio no es más que un símbolo de la Presencia Divina, ya que Dios mora dentro de cada uno de los miembros de la congregación. BETOJAM – dentro vuestro, no BETOJÓ, dentro de él, del santuario como correspondería decir la frase si fuera gramaticalmente correcta. Gran parte de los comentaristas clásicos y modernos, hacen referencia a este versículo.

Los maavarim
La historia de Israel está marcada por pasajes, transiciones y marchas (maavarim). Más allá de las llegadas y los destinos, es en la marcha, en el camino y en el recorrido, donde se construye el pueblo. Abraham es el primer IVRI, de la misma raíz, aquel que está del otro lado –MEEVER-, que está en MAAVAR, en marcha, en pasaje, en transición permanente, que trae cambios y metamorfosis. Así aprendemos que la fe en Dios no puede ser estática. El mundo no lo es y la presencia de Dios en él y en nosotros tampoco.
En el pasaje del desierto a la Tierra de Israel, de la formación tribal a la monarquía, cambiaría también el espacio de culto y del Mishcán portátil y móvil del desierto que acompañaba al pueblo, se pasará a la construcción del Bet Hamikdash, el Templo de Jerusalén que se constituiría rápidamente en el corazón de la nación.
“Entonces Shlomó reunió a los ancianos de Israel, a todos los jefes de las tribus y a los principales de las casas paternas de los hijos de Israel ante él en Jerusalén, para hacer subir el Arca del Pacto de la ciudad de David, la cual es Sión. Y se reunieron ante el rey Shlomó todos los hombres de Israel en la fiesta, en el mes de Etanim, que es el mes séptimo” (I Melajim 8: 1-3).
La continuidad de la función que cumplía el Mishcán en el nuevo santuario de Jerusalén, queda clara en muchas referencias pero sobre todo en el hecho que lo único que se coloca en él son las Tablas de la Ley y en la presencia de la Nube que llena el espacio al igual que lo hizo en el desierto. El paralelismo es claro. Así en I Melajim 8:9-10:
“En el arca no había más que las dos tablas de piedra que Moshé puso allí en Horeb, donde Dios hizo pacto con los hijos de Israel cuando salieron de la tierra de Egipto”.
“Y sucedió que cuando los sacerdotes salieron del lugar santo, la nube llenó la casa del Señor y los sacerdotes no pudieron quedarse a administrar a causa de la nube, porque la gloria del Dios llenaba la casa”.
Y es ahí en ese momento cuando Shlomó se dirige al pueblo:
“Entonces dijo Shlomó: Dios ha dicho que Él habitaría en la densa oscuridad. Yo te he edificado una casa majestuosa, un lugar para Tu morada para siempre.”

La tensión entre la morada terrenal y la omnipresencia sin límites
Esa tensión, que comenzara ya en el Mishcán se convertirá en uno de los principios rectores del judaísmo. Dios omnipresente, teniendo en cuenta nuestra naturaleza humana, nos pide un lugar de culto. Dios no necesita un lugar de culto, ni de sacrificios ni siquiera de oraciones. La delimitación del espacio es para el hombre. El en su infinitud no precisa de límites, es el hombre quien necesita de-finir, poner fin, limitar.
Por eso lo que construye Shlomó para el pueblo soberano en su tierra presenta una diferencia importante, ya no se trata de un Santuario, un Mishcán sino del Beit Hamikdash, la Casa de Dios, la Morada de la Santidad, el Templo. No es más un Tabernáculo portátil sino un BAIT, una casa, una morada, una residencia, estable. Fija.
La palabra Bait en hebreo hace referencia tanto a la casa, al recinto en el sentido material, como al Hogar en el sentido subjetivo. El Hogar, el lugar donde se conjugó lo externo y lo interno, donde el hombre puede encontrar refugio y sosiego a su soledad. La Morada de Dios, es a un tiempo Casa de Dios y Hogar del Hombre, en las palabras del rabino Joseph Ber Soloveitchik.
Shlomó, el más sabio de los hombres, tiene claro que Dios no está allí:
“¿Acaso habitará verdaderamente Dios sobre la Tierra? He aquí que los cielos y los cielos de los cielos no te pueden contener ¡cuánto menos esta casa que acabo de construir!” (II Divrei Hayamim 6:18).

Sin cohanim y sin Templo
La destrucción del Templo de Jerusalén implicaría la perdida de la soberanía nacional y marcaría el comienzo del exilio. El judío desarrollaría una nueva manera de servir a Dios en ese exilio, y en esa extranjería. Sin santuario y sin Templo, el Beit Hakneset y el Beit Midrash, la Casa de Reunión o de Asamblea (sinagoga) y la Casa de Estudio se transformarían en el centro de la vida judía y la plegaria y el estudio en los vehículos para el vínculo con Dios. El judaísmo atraviesa una transformación radical en la que podríamos decir se “democratiza”, con Dios, en el exilio. Podemos comunicarnos a través del Servicio del Corazón, la Plegaria o bien a través del estudio de sus normas, sin sacerdotes, sin Templo, sin ofrendas.
Comienza a desarrollarse el modelo sinagogal que hoy conocemos. Modelo que como sabemos, a lo largo de la historia también ha sufrido modificaciones y no solo arquitectónicas. En cada espacio y en cada zona geográfica de la dispersión, la sinagoga se ha ido perfilando con una arquitectura y una liturgia diferente, en un diálogo estético y cultural con el medio circundante. Los vivos colores de las sinagogas orientales poco tienen que ver con las austeras construcciones de madera de Polonia. Sin embargo todas tienen en común el transformar la Casa de Reunión, el Beit Hakneset, en centro de la vida comunitaria. El judaísmo centrado en la santificación del tiempo, se desarrolló en lo concreto en el ámbito del hogar, la casa familiar, y el Beit Hakneset, la Casa de la Reunión. Pero no hay reunión sin encuentro.

El espacio sagrado y el humano
Muchas veces ese espacio que debería reunir se percibe como distante, frío y los concurrentes sufren y viven cierta alienación. Cuál debería ser el clima, la atmósfera ideal en el Beit Hakneset, es una pregunta muy antigua y se vincula a la santidad de ese espacio que surge como modificación, sublimación y reemplazo de aquella otra morada perdida.
La guemará en Berajot 62b trata acerca de los usos y conductas permitidos en el Beit Hakneset, insistiendo en la diferencia entre éste y el Beit Hamikdash:
“Rav Najman que enseñó Rabá bar Avua: el que entra en el Beit Hakneset con la intención de no utilizarlo como atajo, al salir, tiene permitido utilizarlo como atajo. R. Abahu dijo: antes de existir allí el Bet Hakneset, había allí un sendero, está permitido utilizarlo como atajo. Dijo R. Jelbo que enseñó Rav Huna: el que entra en un Bet Hakneset para rezar, al salir, tiene permitido utilizarlo como atajo, como dice el versículo en relación al Beit Hamikdash: Cuando viene el pueblo de la tierra ante Dios en los tiempos de festividad, quien entrare por el portón norte para prosternarse, saldrá por el portón sur; y quien entrare por el portón sur saldrá por el norte, etc. Y tal como en el Bet Hamikdash entraban por un portón y salían por el opuesto, similarmente está permitido hacerlo en el Beit Hakneset”. “Estudiamos en nuestra Mishná: `Y está prohibido que arroje un salivajo, y esto se deduce de un KAL VAJOMER (interpretación a fortiori): Dijo Rav Bevay que enseñó R. Yoshua ben Levy: Todo aquel que escupe en el Monte del Templo en estos tiempos, (en los que el Beit Hamikdash no existe), es como si escupiera en la pupila de sus ojos (el ojo de Dios), como dice el versículo: ´Y mis ojos y mi corazón estarán allí` (en el lugar del Beit Hamikdash) todos los días”.
Basándose en esta discusión continúa la Guemará su comparación con el Bet Hakneset diciendo: “El salivajo en el Beit Hakneset está permitido, así como el calzado en el Monte del Templo está prohibido y en el Beit Hakneset está permitido, asimismo, el salivajo en el Monte del Templo es que está prohibido, mas en el Beit Hakneset está permitido”.
La discusión entre los sabios continúa intentando ver la fuente de la cual se aprenden las cosas. Para nuestro tema traemos aquí la conclusión de la Guemará: “Dijo Rava: en realidad la razón por la cual se aprendió que está permitido escupir en el Bet Hakneset – a partir de la permisión del calzado – es porque resulta lógico que el comportamiento allí deba ser como el de uno en su propia casa, así como con respecto a su casa la persona es meticulosa de no utilizarla como un atajo, pero en cuanto al salivajo y al calzado, la persona no es meticulosa, del mismo modo debe ser en el Beit Hakneset, utilizarlo como un atajo le está prohibido, mas el salivajo y el calzado allí le está permitido.”
Basándose en este Guemará, el Rav Soloveichik trae una explicación innovadora que hecha luz sobre el tema en nuestros días, diciendo que a través de esta Mishná aprendemos que hay una diferencia clara entre el Beit Hakneset y Beit Hamikdash, y que hay una discrepancia fundamental entre la clase de reverencia (Irá) y dignidad (Cavod) que le debemos a uno y al otro.
“La diferencia básica entre ambos, es que mientras que en el Beit Hakneset el hombre debe comportarse con dignidad (o
respeto), en el Beit Hamikdash debe hacerlo con reverencia como está escrito y mi santuario tendréis en reverencia: Yo soy
Dios`(Vaikrá 19:30)… La diferencia principal entre el Beit Hakneset y el Beit Hamikdash radica en que en el Beit Hamikdash
el hombre tiene prohibido realizar acciones que le son comunes en el corredor de su casa mientras que en la sinagoga sólo
están prohibidas aquellas actividades que el hombre se relaciona con ellas meticulosa y cuidadosamente,…todas las cosas
que el hombre se ocupa en su casa están permitidas en el Beit Hakneset.

Parece simple, que la diferencia que hace Rava obliga a un nuevo principio en relación a la Presencia Divina. A veces el Santo
Bendito Sea invita al hombre a su casa, casa de la Eternidad, y el hombre es su invitado… A veces el Santo Bendito Sea,
desciende de los cielos, responde a la plegaria del hombre. La obra de sus manos, el hombre, que hoy está aquí y mañana en su
sepultura, habita casas materiales, es el dueño y el Santo Bendito Sea, es como si fuera su invitado… Cuando el hombre entra
en la Casa de Dios, debe reverencia, ya que ha entrado en el palacio y está lleno de admiración y reverencia, todo es brillante y
puro, todo es magnífico. Mas cuando el Santo Bendito Sea se hospeda en la casa del hombre, el dueño debe comportarse con
respeto e importancia pero el huésped no le exige reverencia. … El Beit Hamikdash nos obliga al temor reverencial porque es
el Santuario del Santo Bendito Sea. Muchas cosas están prohibidas en él. Mas el Beit Hakneset es la Casa del Hombre”. (Rav
Soloveichik, lecciones en memoria de Aba Meri Primera parte, pág. 80)

​De esta diferenciación surgen una serie de cuestiones que deberíamos poder pensar.
Si el Beit Hakneset es la Casa del Hombre, tal como se modifica la función y el funcionamiento de la casa en las diferentes generaciones, debería de modificarse la sinagoga.
Si la sinagoga es la casa del hombre es también la casa de la mujer y si el lugar de la mujer en el siglo 21 ha variado debería variar también en la sinagoga.
El cambio del modelo sinagogal se da lentamente en todos los ámbitos del Judaísmo. La Sinagoga, Casa de Reunión y Asamblea, se convierte en lugar de encuentro real, en Centro Comunitario, ya no sólo para las actividades litúrgicas sino para la “re-unión” de hombres y mujeres que procuran un Hogar Espiritual, un recinto donde poder compartir y vivir su fe y su cultura. Espacio de asamblea, de la congregación de judíos que se reúnen para el culto, el estudio y la discusión de todo tema que le sea cercano a la sociedad que la conforma, y en la que todos son parte.
El Beit Hakneset se convierte en Casa del Hombre solo en la medida que entendemos que esa es su función y aspiramos cumplirlo y no por la condición de sus paredes. El judaísmo nos ordena la vida en sociedad. No podemos servir a Dios en el aislamiento. No podemos cumplir la misión de traer la santidad al mundo si estamos fuera de él. Lo primero por tanto es poder ver a quienes tenemos junto a nosotros en la sinagoga. Ver, sentir, ser empáticos.
Podremos comunicarnos con Dios cuando seamos capaces de comunicarnos con sus criaturas. Podremos comunicarnos con Dios cuando en su Casa haya lugar para todos, cuando las discriminaciones basadas en asuntos de origen étnico, o estatus socio económico, o género, dejen de regir y la búsqueda del sentido humano, que es también el sagrado, sea el que reúna a los miembros de la congregación. Congregación que se basa en su fe y en su mandato y se convierte en medio para modificar la sociedad y el mundo.

Y entonces aparece el salmista y nos dice: “Una cosa he pedido a .A… es lo que buscaré, que pueda morar en la casa de Hashem todos los días de mi vida, para contemplar la agradabilidad de Hashem y para mirar con aprecio a su templo.” (Tehilim 27: 4). Pero, físicamente, no podemos pasar todo nuestro tiempo en el santuario. Sólo podemos visitarlo. Por lo que parece de imposible cumplimiento, excepto lo tomemos como metáfora.
Sin embargo si fuéramos capaces de recibir la instrucción, la inspiración y el propósito espiritual en nuestras sinagogas, podríamos llevar el mensaje de la Torá a todos los rincones del mundo y en todos los momentos de la vida. Cuando vivimos de esa manera, nunca nos vamos. Pasamos todos los días de nuestras vidas en Su casa.
El desafío es cómo convertir ese espacio en la morada de todos los días de nuestra vida.

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