Por Ethel Barylka

En el famoso relato de la huida de Rabí Shimón Bar Yojai y su hijo a la cueva se relata lo siguiente:
“Fueron y se escondieron en una cueva. Se produjo un milagro y un algarrobo apareció frente a ellos, junto a un manantial de agua. Se quitaron la ropa y se sentaron cubiertos de arena hasta el cuello. Estudiaban la Torá todo el día de esa manera. En el momento de la oración, se vestían, se cubrían y rezaban, y luego se quitaban la ropa para no hacerla andrajos. Así estuvieron en la caverna durante doce años”.
Rabí Shimón y su hijo viven una vida muy extraña en la cueva. Como los israelitas en el desierto, sus alimentos y su agua son provistos de manera milagrosa. Solo tienen que cuidar de sus ropas que se las ponían para rezar mientras, que el resto del día estudiaban Torá enterrados en la arena. Una imagen surrealista que ni el mismo Dalí podría haber pintado. Dos hombres estudian Torá y sólo sus cabezas emergen de la tierra. ¿Están acostados? ¿Están parados? ¿Estudian Torá sin mover las manos?
Metidos en la caverna, encuentran la sabiduría, esta es una gruta muy diferente a la de la alegoría de la caverna de Platón, en la que el filósofo explica su teoría de cómo podemos captar la existencia de los dos mundos: el mundo sensible (conocido a través de los sentidos) y el mundo inteligible (que es materia de puro conocimiento, sin intervención de los sentidos).
En la de los sabios del Talmud, no hay que ascender de ella para ver la luz, o ¿tal vez sí?
Al salir de la caverna, los dos estudiosos no pueden soportar lo que ven del mundo, lo queman con su mirada, y son enviados de regreso cuando una voz celestial les dice “¿Saliste para destruir Mi mundo?”
¿Cuál es la conexión entre estos detalles del relato? Podríamos pensar que cuando el estudio de la Torá está desconectado de la realidad, está centrado en la cabeza, en la búsqueda de la verdad intelectual, olvidándose de su propósito, dejando de lado incluso el cumplimiento de sus normas, como la de amar al prójimo, o el no matarás, o el respeto, es mejor que esos sabios se queden en la cueva. Sólo cuando estén dispuestos a ser parte de la vida, conectar con la realidad, con la gente y sus necesidades, con las personas y sus motivaciones. Sólo entonces podrán convertirse en sabios y guias de la generación.
Puede ser que residan en una caverna, o un palacio de marfil, o una Yeshivá lujosa o modesta, mientras los sabios de la Torá estén desconectados de la acción, del quehacer, del construir y del vivir, no pueden liderar.

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