Yom Kipur, en sus dos aspectos: absolución del pecado o la expiación y en su calidad de día de catarsis o purificación: “Porque en este día se hará expiación por vosotros, y seréis limpios de todos vuestros pecados…” (Levítico 16:30), como decía el Cohen Gadol (Sumo Sacerdote): “Delante de Dios, sed purificados”, nos presenta uno de los desafíos más grandes para el ser humano.
Para llegar a Yom Kipur necesitamos de la Teshuvá, el perdón y la mejilá -absolución y exculpación-  que no se producen de manera natural sino que necesitan de un largo proceso interno, a veces agotador,  para poder confrontarnos con la posibilidad, siquiera en lo profundo de nuestro corazón, de que nos hemos equivocado, que hemos dañado a alguien.
No menos difícil es que una vez que hemos logrado aceptar la transgresión y el hecho que efectivamente así es como hemos actuado, estemos dispuestos a reconocer en voz alta no sólo ante el Creador, sino poder reconocerlo ante la persona a la  que hemos ofendido o dañando.   “Yom Kipur desagravia las transgresiones del hombre con Dios, pero las del hombre con su prójimo no las repara hasta que complazca o se reconcilie con su prójimo”   (Yerushalmi Yoma 42, Cap.  8 Halajá 7).
No se trata de pedir perdón o de disculparse, esto puede de ser dicho de  la boca para afuera, sino de una conducta que puede o no incluir la expresión explicita de pedido de disculpas, o cualquier otra conducta de la cual podamos entender que la persona está haciéndolo.  La reconciliación con uno mismo que lleva al reconocimiento de la transgresión debe conducir a la reconciliación verdadera con el otro, de lo contrario se trata de un acto superfluo que no tiene relación con la disculpa real. Y no sólo es necesario que corrijamos lo que hicimos, devolver lo que robamos, paguemos por lo que dañamos, sino que de cualquier modo aun así la reconciliación continúa siendo una dimensión esencial del perdón y la corrección profunda de la situación.  “Pero las transgresiones del hombre contra su prójimo como el que hiere a su prójimo o el que lo maldice, o el que lo roba, etc. no son perdonadas nunca hasta que le dé a su prójimo lo que le debe y lo reconcilie, y a pesar que le haya devuelto el dinero que le debe, aun así debe reconciliarlo y pedirle que le perdone, aún si sólo lo ha dañado de palabra debe reconciliarlo” (Maimónides capítulo 2, Leyes de la Teshuvá, Halajá 9).
Pareciera entonces que todos las frases declaratorias que se suelen escuchar en estos días en los lugares de trabajo, en la familia, o incluso entre amigos reales o virtuales que dicen “si he ofendido a alguien me disculpo” o si he dañado a alguien, me disculpe” -también si provienen de la buena intención- son sólo manifestaciones “políticamente correctas” en el mejor de los caso o hipocresía y falta de responsabilidad en el peor.  Una persona que no es capaz de mirar de manera particular y específica al daño o la ofensa que ha realizado e identificarla concretamente no puede realizar un proceso real de Teshuvá. Si bien es cierto que estas expresiones crean un clima social positivo, en el que todos de repente somos “buena gente”, está muy lejos de ser un paso verdadero en el trabajo interno que la Teshuvá nos exige,
Sin duda, llegar a Yom Kipur no es fácil, pero, es posible.

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