Por Ethel Barylka                                                          Ilustración: Mirta Kupferminc

En dos momentos especiales del año prestamos atención al cruce del mar.  En “Shabat Shirá” – el Shabat del Canto – en recuerdo del himno que entonaron los Hijos de Israel después del cruce del Mar Rojo en Parashat Beshalaj y  también el séptimo día de Pesaj, cuando leemos el Cántico del Mar y recordamos la salvación del pueblo.

Podemos considerar natural que personas que vivieron semejante milagro y fueron sus testigos se sientan espiritualmente conmovidos y encuentren en el canto y la poesía una manera adecuada de expresar sus sentimientos. Sin embargo, cabe preguntarse si ¿acaso no fue suficiente la liberación en sí para hacerles sentir esa admiración espiritual? ¿Por qué sólo después de la dramática intervención de Dios en el cruce del Mar, nos encontramos con la expresión de fe?

“Cuando Israel vio el gran poder que el Eterno había usado contra los egipcios, el pueblo temió al Eterno, y creyeron en Él y en Moshé, su siervo” (Éxodo 14:31). El pueblo necesitó de otra demostración antes de poder expresar su fe. Pero aún el cruce del mar y la separación de las aguas no son suficientes. A pesar del canto “Entonces Moshé y los hijos de Israel cantaron este cántico al Eterno…” (Éxodo 15:1) el pueblo vuelve inmediatamente a sus quejas acerca de la comida, del agua, etc.

El milagro no hace variar su fe y les es difícil confiar en Dios para la satisfacción de sus necesidades básicas. Es un asunto definitivamente humano, ya que la persona debe confiarse en los milagros, y ¿por qué no deberían estar los padres preocupados acerca de cómo alimentarán a sus hijos o a sí mismos en el desierto estéril y despiadado que se extiende ante sus ojos? El milagro de la apertura del mar no puede cambiar la naturaleza del hombre “por lo tanto no cambiaron los hombres después del milagro y no cesó la mezquindad y la avaricia, el desagradecimiento y el amor a la comodidad. En lugar de ver la bondad del Eterno para con ellos y su cuidado, su amor y su preocupación por su pueblo…    ven el barro que tienen en los pies y ya eso les alcanza para igualar la esclavitud a la libertad. El milagro no cambia a las personas de forma automática, la presencia ante el milagro no tiene la fuerza para inclinar el corazón del hombre que lo ve al amor y el temor a Di-os, si no es el hombre mismo quien inclina su corazón” escribe Nejama Leibowitz en sus Reflexiones sobre la parashá.

Teniendo en consideración este pensamiento, el momento del Cántico es inusual ya que en él,  el corazón y el espíritu se conmueven de manera extraordinaria, y en ese contexto se destaca la actitud de Miriam, la profetiza:
Y Miriam la profetisa, hermana de Aarón, tomó en su mano el pandero, y todas las mujeres salieron tras ella con panderos y danza. Y Miriam les respondía: Cantad al Señor porque ha triunfado gloriosamente; al caballo y su jinete ha arrojado al mar” (Éxodo 15:20-21).

¿Por qué señalan las Escrituras el cántico y la danza justamente de las mujeres, cuando es claro que todo el pueblo estuvo presente en el acontecimiento? Dice Rashí: “Y Miriam les respondía” – “Moshé decía el cántico ante los hombres, él decía y los hombres respondían, y Miriam le decía el cántico a las mujeres”. Una clara separación de géneros. Moshé lidera a los hombres, Miriam a las mujeres. “…Así como Moshé cantó así cantó Miriam. ¿Cómo sabemos que Moshé cantó? Porque está escrito “y Entonces cantó Moshé y los hijos de Israel. ¿Y por qué Miriam? Porque está escrito: Y Miriam les respondió” (Midrash Proverbios 14).

Es interesante prestar atención a la figura de Miriam tal como surge de este episodio. Ella toma la iniciativa:
“Y Miriam la profetisa…tomó en su mano el pandero…”, se vislumbra como una líder carismática a la que las mujeres están dispuestas a seguir: “y todas las mujeres salieron tras ella…”.

Miriam goza, de acuerdo a las Escrituras, del status de Profetisa y recibe un tratamiento encumbrado igual que sus hermanos “Pues yo te hice subir de la tierra de Egipto, y de la casa de servidumbre te redimí, y envié delante de ti a Moshé, a Aarón y a Miriam” (Miqueas 6:4). Como profeta es poseedora de una fuerza espiritual que arrastra tras de sí a las mujeres del pueblo. Su estilo  de liderazgo difiere del de Moshé, un estilo más participativo dirían hoy los investigadores del género. “Cantad al Señor” contra “Y cantó Moshé”.

Miriam con su fuerza espiritual y su espontaneidad crea una experiencia espiritual especial para las mujeres de Israel. Las mujeres del pueblo encuentran su lugar en la expresión excelsa de la fe en ese momento. Y no miran desde el palco de las mujeres en el templo. Cuando el corazón está lleno a hasta sus bordes y explota de alegría que asciende al cielo, saliendo de sus propios límites, nadie busca dónde está el biombo de separación para sus bailes, ni se preocupa por lo largo de sus cabellos. Todos, hombre como mujeres, están atareados con el verdadero servicio a Dios. La unión es con el Creador del mundo. Nada más es relevante en ese momento de servicio. Ellas cantan y bailan. “A pesar que las mujeres comenzaron después que los hombres en el canto de admiración, de cualquier modo fueron igualadas a éstos en la importancia de su cántico y en el reconocimiento del servicio supremo del pueblo que se manifestó en su canto” (Rabino Shimshón Rafael Hirsh) y no lo hicieron dentro de un recóndito cuarto en una carpa oculta en los límites del campamento.

Que tengamos la ventura de poder realizar un verdadero servicio divino, y sepamos concentrarnos en la maravilla del espíritu y la plegaria verdadera. Que nada distraiga nuestras fuerzas a la hora de servir a Di-os.

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1 Comment

  • Aliza Toker, 31 marzo, 2021 @ 3:54 pm Reply

    Hermoso y profundo texto. Gracias

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