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Mujer y Judaismo

El Shabat previo a Yom Kippur es Shabat Shuvah, llamado así por la Haftará que comienza con: “Vuelve, oh Israel, al Señor tu Dios, porque por tu pecado has tropezado” (Oseas 14:2).

Tras tres Shabatot en los que lamentamos la destrucción, necesitamos siete Shabatot para ser consolados, pues el consuelo es siempre más difícil y prolongado que la destrucción misma. El trauma es breve; la sanación es larga y fatigosa. Inmediatamente después vienen dos Shabatot de arrepentimiento (Teshuvá), “Dirshu” y “Shuvah”, como si sugirieran que, para merecer la redención, el ser humano debe primero retornar. Un trayecto que es nacional, pero también válido para el individuo. Destrucción, consuelo y retorno son los tres elementos capaces de traer la esperanza de la redención.

Nuestros sabios ya se refirieron a la secuencia entre estas lecturas (ver Tosafot en Meguilá 31b, d.h. ‘Rosh Jodesh’). Parece que, para lograr una verdadera redención, el pueblo debe retornar a Dios. Los doce Shabatot crean un proceso continuo que comienza en la  destrucción y culmina en la esperanza. Aunque describe un proceso nacional, podemos verlo como una metáfora del proceso individual: tras la destrucción y el colapso, la sacudida y el trauma, llega poco a poco el consuelo que permite una visión más clara y la posibilidad real de volver a Dios. Así, tras un quiebre personal, la aceptación y el consuelo permiten al individuo retornar a su propio ser con mayor sinceridad y profundidad, sin parcialidad. Gradualmente, es capaz de contemplarse a sí mismo y volver a la naturaleza auténtica del alma, la cual asumimos buena y pura.

El Rabino Kook dice al respecto: “Y la Teshuvá principal, que ilumina la oscuridad de inmediato, es que el hombre retorne a sí mismo, a la raíz de su alma… cuya ruina proviene siempre del hecho de que se olvida de sí misma” (Orot HaTeshuvá 15, 10).

Lo especial de la expresión Shuvah (retorna) es muy diferente del concepto de “remordimiento”… El remordimiento no parece una condición suficiente, aunque sea necesaria para la reparación. La Teshuvá incluye el remordimiento, pero es mucho más que eso: es más amplia, más profunda y más abarcadora, pues toca todas las fibras del alma humana.

En un estado de “destrucción” personal, causado ya sea por una tragedia que nos cae encima o por malas elecciones en nuestra vida, a menudo hay un cierto grado de alienación del entorno y, sobre todo, alienación de uno mismo. La Teshuvá, por lo tanto, es un retorno a la propia identidad, a lo más esencial de nuestra existencia y, como tal, un retorno a ese punto que nos conecta con lo divino que hay en nosotros. Ese punto que nos recuerda que fuimos creados a imagen de Dios y que la reparación es posible, aunque sea difícil. Y entonces, cuando el “yo” regresa a su esencia, hay esperanza de una verdadera redención.

Y qué acertado resulta este año darle a esto un enfoque colectivo-nacional. Tras la destrucción que hemos sufrido, volveremos a ese punto que nos recuerda quiénes somos y por qué estamos aquí.

Y con la esperanza de un cambio, renovaremos nuestra vida.

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