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Mujer y Judaismo

Por
Vicky Ludmer

«מַה־טֹּבוּ אֹהָלֶיךָ יַעֲקֹב, מִשְׁכְּנֹתֶיךָ יִשְׂרָאֵל»

“Ma tovu ohaleja Yaakov, mishkenoteja Israel”

«¡Qué hermosas son tus tiendas, Jacob; tus moradas, Israel!» (Números 24:5)

Así culmina el reiterado intento del rey moabita Balak de obtener, por medio del hechicero Balaam, una maldición contra el pueblo de Israel, tal como leímos días pasados en la porción semanal de la Torá.

Lo interesante de este relato es que Balak, quien seguramente contaba con un gran poder militar como rey de uno de los pueblos más poderosos de su tiempo, no recurre al conflicto armado para vencer al pueblo de Israel, sino que intenta derrotarlo mediante una maldición.

Una vez más aparece en nuestro texto el poder de la palabra.

Con ella D-s crea el mundo y todo cuanto en él habita.

Con ella Abraham y Moisés dialogan con D-s y con diversos adversarios a lo largo de la historia.

Con ella Balak quiere destruir al Pueblo de Israel.

Su aventura comienza con la consulta a los ancianos de Midián para saber cómo derrotar a este Pueblo que parece invencible. Ellos le responden que conocen a Moisés, quien había pasado muchos años en Midián tras huir de Egipto, y que su mayor fuerza residía en la palabra.

Abracadabra… «Avrá ke-dabrá»… «Creó como habló dice en Arameo la palabra mágica por excelencia.

Dicen nuestros sabios (Midrash Tanjuma, Balak 3) que el temor inicial de Balak se debía a la manera sobrenatural en que Israel vencía a sus enemigos. Por ello decidió buscar otra estrategia, que finalmente tampoco dió resultado.

Balaam termina bendiciendo al pueblo de Israel, no una ni dos, sino tres veces.

Hasta aquí, la literalidad del relato.

Sin embargo, como ocurre casi siempre, el texto nos invita a ir un poco más allá.

Revisando los comentarios de los exegetas a lo largo de los siglos, encontramos que casi todos coinciden en señalar que la verdadera fortaleza de Israel radicaba en su unidad y en el respeto por la identidad particular de cada tribu.

Antes de pronunciar su bendición, Balaam contempla el campamento. Lo que ve son las tiendas de cada tribu perfectamente ordenadas alrededor del Mishkán, el Tabernáculo que albergaba las Tablas de la Torá, cada una identificada por su propio estandarte e insignias identitarias.

Rashi (siglo XI) observa que la disposición de las tiendas, de tal manera que ninguna entrada quedaba frente a la de otra, constituía una profunda muestra de respeto por la intimidad del prójimo y, al mismo tiempo, por la identidad de cada familia dentro de un proyecto común.

El Netziv —Rabí Naftali Zvi Yehuda Berlin (1816-1893), reconocido maestro de la Europa Oriental en su tiempo)— explica que cada tribu poseía una misión particular y que era precisamente la integración de todas ellas lo que daba origen a un organismo vivo. No era la uniformidad lo que hacía poderosa a Israel, sino la complementariedad.

Samson Raphael Hirsch (1808–1888), suma que la fortaleza nace de una moral compartida mas que de un poder externo, y el Rabino Lord Jonathan Sacks (1948–2020)  sostiene que esa fuerza proviene del pacto de responsabilidad mutua entre todas las tribus.

Finalmente, aunque no por ello menos importante, el Rav Kook (1865–1935) primer Gran Rabino en Israel durante el Mandato Británico enseñaba que cada alma judía expresa un aspecto único de la Divinidad y que las diferencias entre los judíos no constituyen fallas, sino expresiones necesarias de un todo como realidad superior.

Lo que Balaam contempló no fue simplemente un campamento ordenado desde el punto de vista físico, sino la manifestación armónica de la sumatoria de almas reflejando  la luz Divina en ellos.

Esta idea de una unidad que no desdibuja la individualidad se repite una y otra vez a lo largo de nuestra historia.

Del mismo modo, también se repiten las luchas de poder y la vocación de dominio de algunos grupos sobre otros, pretendiendo erigirse en dueños de la Torá, de la tradición, de la fe o de la verdad.

Y así como cada vez que el pueblo de Israel logró mantenerse unido terminó prevaleciendo en gestas que parecían a todas luces imposibles, también fue derrotado cuando las mezquindades y las divisiones ocuparon el centro de la escena.

Los dos Templos de Jerusalem fueron destruidos como consecuencia de las rencillas internas, especialmente el Segundo Templo, cuya caída nuestros sabios atribuyen al sinat jinam, el odio gratuito entre hermanos.

Los Macabeos alcanzaron una victoria que parecía imposible cuando lograron unirse frente a un enemigo común.

El pueblo de Israel recibió la Torá en el desierto cuando acampó «como un solo hombre con un solo corazón mas poco después fue castigado al construir el Becerro de Oro.

Durante los reinados de David y Salomón hubo prosperidad y bonanza mientras el pueblo permaneció unido. Cuando reaparecieron la ambición y las luchas internas, el reino se dividió y llegaron los exilios de Asiria y Babilonia.

Podría seguir citando ejemplos a lo largo de nuestros 3500 años de historia pero en honor a la brevedad daré un salto hasta el siglo XX.

Decía David Ben Gurion, primer Primer Ministro de Israel que  «En Israel, para ser realista, hay que creer en los milagros y no le faltaba razón.

Contra todo pronóstico, un grupo de sobrevivientes del Holocausto, sin muchas mas armas que las que pudieron conseguir casi de contrabando, logro imponerse frente a los ejércitos organizados del mundo árabe en 1948, horas después de proclamarse la creación del Estado Moderno de Israel.

Volvieron a enfrentar desafíos existenciales en 1967 y durante la Guerra de Iom Kipur, en 1973, cuando el país se encontraba con fuertes divisiones políticas internas.

Y así llegamos al fatídico 7 de octubre de 2023. Las profundas divisiones que atravesaba la sociedad israelí constituyeron un contexto de vulnerabilidad que fue aprovechado por Hamas para perpetrar el brutal ataque terrorista que provocó la mayor masacre de judíos desde la Shoá.

Desde entonces y hasta hoy, judíos de todo el mundo, cada uno desde su propio lugar, seguimos enfrentando un ataque visceral contra nuestra propia existencia.

Por supuesto que la mayor exposición se vive en Israel, donde miles de jóvenes se encuentran en los distintos frentes de batalla, poniendo el cuerpo y el alma para garantizar la supervivencia de todos nosotros.

Una vez más, a ellos les debemos nuestro mayor reconocimiento y agradecimiento.

Entonces, si uno de los pilares de nuestra tradición es el recuerdo para evitar que la historia vuelva a repetirse, nos invito, una vez más, a volver a la esencia de nuestro origen.

«מַה־טֹּבוּ אֹהָלֶיךָ יַעֲקֹב, מִשְׁכְּנֹתֶיךָ יִשְׂרָאֵל»

Ma tovu ohaleja Yaakov, mishkenoteja Israel

¡Qué hermosas son tus tiendas, Jacob; tus moradas, Israel!

Honremos nuestra unidad por encima de nuestras diferencias. Esa fue la fuerza que hizo grande y poderoso a nuestro pueblo. Ese ha sido el verdadero secreto de esa «magia extraordinaria» que nos permitió llegar hasta aquí.

No permitamos que las miserias de unos pocos destruyan a este pueblo milenario, resiliente y vibrante.

Am Israel Jai Ve Kaiam.

El pueblo de Israel vive y perdura.

Amén.

 

 

Vicky Ludmer
Resido en Buenos Aires, Argentina.
Soy abogada, Coach Ontológica y Espiritual certificada por el Institute of Jewish Spirituality (USA) y Educadora Judía.
Creadora del Proyecto La Otra Mirada que propone una mirada inclusiva y femenina sobre la Sabiduría Ancestral Judía.
vickylaotramirada@gmail.com

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