Por Ethel Barylka                                                        Ilustración: Carina Bentolila

Janucá nos invita a reflexionar acerca del terma del valor, el coraje, el heroísmo, motivos que suelen ser centrales en la conmemoración. Esta vez proponemos  hacerlo a través de una figura femenina poco conocida, a pesar que su historia está íntimamente ligada a la de Iehudá, el macabeo y sus hermanos.

Conforme a una de las versiones del midrash [1] se cuenta “que en la época del reinado de los helenistas se decretó que quien tuviera un cerrojo en su casa, grabara en él que los enemigos de Israel no tienen parte ni heredad en el Dios de Israel. Entonces los israelitas arrancaron los cerrojos de sus casas” circunvalando la norma. Prefirieron causar un daño a sus propiedades antes de cumplir con la norma.

“También decretaron que todo aquel que tenga un toro escriba sobre sus cuernos que no hay parte para los enemigos de Israel en la heredad del Dios de Israel. Entonces los israelitas vendieron su ganado”. Nuevamente perdieron sus bienes pero no cumplieron con la norma.

“Luego, decretaron que debían yacer con sus mujeres durante su período de impureza, fueron los israelitas y se apartaron de sus mujeres”. Prefirieron separarse de sus esposas y no violar la norma. De todas esas situaciones huyeron de las circunstancias creativamente y poniendo sus vidas en peligro. “Y cuando decretaron  que toda vez que  se case una joven israelita debía ser entregada para que mantenga relaciones previamente con uno de los gobernantes, así procedieron durante 3 años y 8 meses. Hasta que la hija de Iojanán el Sumo Sacerdote debió casarse y cuando querían llevarla frente al gobernante, rompió sus vestiduras, descubrió y desarregló sus cabellos y se presentó desnuda ante el pueblo congregado. Iehudá y sus hermanos se llenaron de ira contra ella y decretaron que la lleven a la hoguera”.  (El mismo castigo decretado contra Tamar). “Que la maten y que las autoridades no se enteren de su conducta a fin que se puedan salvar las vidas de otras personas, ya que había osado presentarse desnuda frente a la gente. Entonces ella dijo: ¿cómo no me degradaré frente a mis hermanos y mis amigos y sí lo haré frente a un incircunciso e impuro con quien ustedes desean traicionarme y conducirme para  que me posea? Escuchó Iehudá las palabras y conmovido por la postura de la joven y en lugar de matarla, acepta su argumento y se dirige al palacio”. Cuando el gobernador ve que los propios hijos de Matitiahu el sacerdote, traen a la novia en una procesión festiva sale con sus ministros a recibirlo. Iehudá y los hermanos  junto a la novia entran en palacio, matan al gobernador dando así inicio a la revolución hashmonea.

Los hombres de Israel que habían logrado circunvalar la norma no logran hacerlo en el caso de la entrega de las mujeres, tampoco hay resistencia o al menos no se cuanta en los textos acerca de ellas. Tampoco se dice que dejaron de casarse, conducta que hubiera sio la continuación posible de la táctica utilizada hasta entonces.

La hija de Iojanán tiene claro que si bien los presentes no cometen la falta personalmente, ellos la traicionan,  y traicionan el sufrimiento de todas las hijas de Israel en estos tres años y los meses que permitieron que ello suceda.

Dice el Shuljan Aruj (en su versión abreviada) siguiendo la estipulación de la Halaja: “En Janucá esta permitido trabajar, pero las mujeres acostumbran no hacerlo todo el tiempo que las velas están encendidas. Y la razón por la cual las mujeres son más estrictas en esto es que hubo un duro decreto contra las hijas de Israel  que establecía que una virgen que se casada debía primero ser poseída sexualmente por el gobernador, y por que el milagro fue realizado por una mujer, la hija del Iojanán el Sumo Sacerdote, que era muy bella” (Kitzur Shulán Aruj, artículo 139, 3 traducción libre). 

Conforme al Talmud en Shabat 23ª “las mujeres tienen la obligación de encender las velas de Janucá, pues también ellas estuvieron en ese mismo milagro“. Conforme a algunas explicaciones posteriores “estar en el mismo milagro” se refiere   a que ellas fueron las protagonistas del milagro o bien a que fueron testigos del milagro. Ambas líneas interpretativas colocan a la mujer en un plano de igualdad, la mujer y el hombre, ambos fueron testigo y/o participes del milagro o bien la mujer fue protagonista activa del milagro.
Sea como fuere de la historia de la hija de Iojanán el Sacerdote, surgen preguntas y reflexiones: ¿cómo se explica que los hombres, padres, hermanos, novios, no hayan manifestado resistencia al decreto? ¿Por qué debieron transcurrir casi 4 años hasta que una mujer pudiera rebelarse? ¿Es casualidad que quién hayas optado por la rebelión sea la hija de la elite social, económica y espiritual del pueblo?

En este Janucá tal vez, al encender las velas, encontremos algunas de las respuestas. En este Janucá a tal vez optemos por recordar no sólo la batalla o el milagro del aceite sino a la valerosa y anónima hija del Sumo Sacerdote, quien con un acto ejemplar marcó el cambio del rumbo de la historia.

La reivindicación de su dignidad de mujer, dignificó al pueblo en su totalidad.

[1]Ver Otzar Hamidrashim, Eisenstein, pág. 192  Traemos aquí una versión en traducción libre y comentada. 

 

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