Por Ethel Barylka, Israel                                                              Imagen: Orit Martin

Entonces ¿qué es la culpa?

¿Presupone la culpa un pensamiento moral?

¿Solo quien distingue entre el bien y el mal puede sentir culpa? ¿O es una construcción psicológica no necesariamente relacionada con la moralidad?

¿Y acaso hay moral universal?

¿Es lo mismo la culpa que la vergüenza?

¿Cuán cercanas están?

¿Adónde vamos con la culpa?

¿Cómo la convertimos en acción?

La culpa se vincula con la responsabilidad

Responsabilidad en el sentido más profundo, Arevim ze la ze.

Somos responsables unos por los otros. Algunos traducen somos solidarios, pero es más que eso, en mi responsabilidad por el otro, defino mi propio ser

Nada de lo que pase en el mundo puede por tanto serme indiferente.

“La responsabilidad personal del hombre respecto al hombre es tal que Dios no puede anularla”, dice el filosófo y escritor lituano de origen judío Emmanuel Levinas ( 1906-1995 ). El mal, dice Levinas en esa misma cita, “no es un principio místico que puede borrarse con un ritual” lo que ya nos enseña la Guemará  al decir que “las faltas del hombre contra el hombre Yom Kipur no las absuelve” Es necesaria la intervención humana.

Incluso durante korban jatat – el sacrificio por la culpa, que se hacía en el Templo, lo central estaba en la declaración pública de la transgresión. La quema del animal podía servir de “materialización” pero no podía reemplazar el proceso de confesión.

El rav Soloveitchik (Ortodoxo, talmudista y filósofo 1903- 1993 ) plantea en su libro “Al Teshuvá” que Yom Kipur no sólo se trata del perdón, de la capará sino de la purificación, como si la trasgresión realizada impurificara al ser humano.

En los días de hoy nos cuesta pensar en categorías de pureza e impureza, pero creo que podemos arriesgarnos a entender esto como si la transgresión de hecho atentara contra la esencia misma del hombre.

No sólo del otro hombre contra el cual hemos tal vez actuado, sino de nosotros mismos y de allí el sentimiento de vergüenza, y el sentimiento de culpa.  Hemos atentado contra nuestra propia esencia humana, contra nuestra propia esencia divina.  Por eso el proceso por el cual se “repara” la situación, no es el perdón, sino la Teshuvá, un proceso más complejo y largo, que puede a veces durar toda la vida.

En la verdadera Teshuvá el hombre no sólo calma su conciencia, sino que de alguna manera renace nuevo. Es un hombre nuevo, a decir de Maimónides

¡Ese es el optimismo del judaísmo!

Podemos cambiar.

Nada está predeterminado.

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