Esta parashá nos trae el episodio de los exploradores, cuya consecuencia, entre otras, fue la determinación de que el pueblo debería deambular en el desierto 40 años. Serían necesarios cuarenta años para completar el pasaje de la esclavitud a la libertad. La transformación en hombres libres no implica solo la ruptura de las cadenas del opresor sino la asunción de la responsabilidad de la autonomía. Eso no se logra de un día para el otro.
Por su parte los exploradores nos confrontan con el tema de las perspectivas de visión, tema reincidente en el libro de Bemidbar que comenzamos a leer hace apenas un par de semanas.
Los 12 exploradores ¿ven lo mismo, pero lo “traducen” e “interpretan” diferente? ¿O realmente ven de manera diferente?  ¿Y qué significado tiene este hecho?
Ya en otros artículos nos hemos referido al tema de la autopercepción y cómo esta influye en nuestra apreciación del mundo, pero, más allá de eso, se nos presentan otras cuestiones. El libro de Bemidbar está marcado por el tema de la percepción y el cambio de visión. Si el libro anterior, el libro de Vayikrá pone la mirada sobre lo sacro y define minuciosamente los detalles del Santuario y el Servicio Divino, el libro de Bemidbar coloca el zoom sobre el hombre y su conducta. El pasaje de lo Divino a lo Humano, es parte esencial del pasaje por el desierto. Es el hombre el que debe realizar la travesía…
El pueblo atravesará también un cambio de percepción del pesimismo y de la queja al agradecimiento. Pasará de la dependencia absoluta de Dios, que lo alimenta, lo viste, lo guía a través de la columna de nube, a la autonomía humana, a depender de su trabajo, de sus acciones, de sus decisiones.
Dios, que en el desierto es una presencia cotidiana, dejará de serlo con el cruce de fronteras y la entrada a la Tierra de Israel. Ahora quien desee verlo deberá buscarlo. Hay que cambiar y ajustar la mirada nuevamente. No todo se ve a simple vista. También en el episodio de Bilam encontraremos el cambio de perspectivas: la maldición se convierte en bendición. Bilam no consigue ver al ángel, que la asna ve, así como no consigue ver motivos para maldecir al pueblo, y termina adulándolo. Tampoco Koraj, logra ver la realidad, y su perspectiva le causará la muerte.
Hacia el final de la parashá leemos acerca de la mitzvá de Tzitzit:
“Habla a los hijos de Israel y diles que se hagan flecos en los bordes de sus vestidos, por sus generaciones, y que pongan en el fleco de cada borde un cordón azul.  Y os servirá el fleco, para que cuando lo veáis os acordéis de todos los mandamientos del Señor, a fin de que los cumpláis y no sigáis vuestro corazón ni vuestros ojos, tras los cuales os habéis prostituido, para que os acordéis de cumplir todos mis mandamientos y seáis santos a vuestro Dios. Yo soy el Señor vuestro Dios que os saqué de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios. Yo soy el Señor vuestro Dios.”
Es sugestivo que Dios nos pida que veamos… para recordar sus mandamientos.
Por los ojos entra el mundo a nosotros, a través de ellos percibimos, a través de ellos también otros nos perciben. Dice Rab Shimshón Rafael Hirsh en Exodo 10 “el ojo del hombre es un manantial, no porque su espíritu se abre paso por él, sino porque el universo fluye hacia adentro del hombre a través del ojo…”
Pero esa percepción no es objetiva, está cargada por nuestra subjetividad y es a través de ella que percibimos. Por eso de vez en cuando es importante realizar un cambio de lugar que nos ayude a hacer un cambio de visión y entender nuestras limitaciones,

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