Solemos leer en las noticias acerca de concentraciones y manifestaciones masivas, asambleas políticas y reuniones en calles y plazas, en estadios y congresos, o por lo menos así era antes de esta Pandemia. Generalmente estas reuniones masivas que acontecen en muchos lugares del mundo expresan deseos de cambios o manifiestan disconformidad, uniendo a sus participantes en un inusual sentido de lo colectivo.
En este contexto podemos  leer la parashá de esta semana con otros ojos, lo que pasó en el desierto no dista demasiado de lo que pasa hoy.
Las asambleas y las concentraciones pueden ser positivas o negativas. Las personas pueden reunirse para escuchar la palabra de Dios  “Moshé reunió a toda la congregación de los hijos de Israel y les dijo: Estas son las cosas que Hashem ha mandado que sean hechas: Seis días se trabajará, mas el día séptimo os será santo, día de reposo  para Hashem” (Shemot 35:1)  pero también sirven para reunirse y danzar alrededor del becerro de oro “Viendo el pueblo que Moshé tardaba en descender del monte, se reunieron entonces ante Aharón, y le dijeron: Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Moshé, el varón que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido.” (Shemot 32:1).
Las concentraciones masivas  tienen una dinámica propia. Quienes participan en ellas difícilmente pueden mantener su identidad individual, ya que la masa les absorbe sin que siquiera lo perciban. Las mujeres de Israel lo vivieron tanto en Egipto como en el desierto. Según la tradición midráshica, se mantuvieron firmes contra la corriente en diversas oportunidades. Conocen la fuerza de su ser individual y no se dejan arrastrar en la exaltación de la masa.  Durante el pecado del becerro de oro, la Torá nos relata que no fueron ellas quienes entregaron sus joyas voluntariamente sino que “se negaron a entregarlas a sus parejas, y ellos se arrancaron de sus manos sus pulseras de oro, y sus aretes y los llevaron a Aharón” (Keter Ionatán Shemot 32:3). Por ello fueron reconocidas a lo largo del tiempo, y las neomenias, (días de Rosh Jodesh) se convirtieron en “sus” festejos. En Pirke Derabi Eliezer Capítulo 44, leemos: “Aharon se planteó la duda y dijo si le indico a los israelitas que me traigan el oro, inmediatamente lo harán, por lo que les señalaré ‘entréguenme las pulseras de vuestras mujeres, hijos e hijas’… oyeron las mujeres y se negaron a entregar sus joyas. Les dijeron: vosotros queréis hacer abominación e idolatría, que no tienen ninguna fuerza para salvaros, pero ellos no las oyeron. Por ello el Supremo les premio en este mundo y en el por venir. En el presente les concedió guardar las neomenias – rashei jodashim.
En contraposición categórica al becerro de oro, las mujeres fueron las primeras en dar su aporte para  tabernáculo. Even Ezra y otros exégetas interpretaron que fueron las mujeres las primeras en apurarse para entregar voluntariamente su oro para el mishcán. Ellas también donaron el bronce, para la construcción del kior – (fuente) “También hizo la fuente de bronce y su base de bronce, de los espejos de las mujeres que velaban a la puerta del Tabernáculo” (Shemot 38:8).
Rashí dice que las hijas de Israel tenían en sus manos espejos que usaban para acicalarse y Moshé no quiso aceptarlos como donativos para el mishcán, porque eran objetos utilizados para satisfacer los instintos, y el Santo Bendito le dijo:  acéptalos, porque son mis preferidos ya que fueron usados por las mujeres para acicalarse, maquillarse y resultar atractivas para sus hombres y seducirles para que se reproduzcan, cuando regresaban agotados del trabajo esclavo, les esperaban, les lavaban, les alimentaban y les seducían para engendrar hijos… tal como está escrito en Shir Hashirim 8:5 “Debajo de un manzano te desperté”.
Por las preocupación de las mujeres por la continuidad del pueblo,  y el estímulo a sus esposos esclavos, está escrito que “por la  gracia de  las mujeres justas que había en esa generación fueron liberados los israelitas de Mitzraim” (Ver Talmud, Sotá 11 b).
La fuente de bronce era usada para la ablución de las manos y los pies de los cohanim, y estuvo confeccionada por los espejos de las mujeres. Shimshón Refael Hirsh dijo: “todas las partes del cuerpo de los cohanim exceptuando sus manos y sus pies están santificadas simbólicamente por las indumentarias sacerdotales. Con las manos y los pies, que no son cubiertas con vestimentas, el ser humano lleva a cabo sus acciones y sus aspiraciones y son lavadas con el agua de esa fuente”.
La fuente no simboliza el instinto al que el midrash hizo referencia sino recuerda el sentido de la vida y nuestra humanidad, y a través de ellos el reto de la santidad, al que únicamente el humano puede aspirar. “… es lo que permite la libertad ética de la aspiración a la santidad” (Ver Shimshón Refael Hirsh en su comentario a Shemot 28:8).
Cuando el instinto sirve a la santidad y permite la verdadera elevación, deja de ser el instinto animal del becerro, por lo que no hay problema con el espejo ya que es el instrumento que revela la realidad interna.
Cuando podamos liberarnos del miedo al “yetzer hará” (el instinto del mal),  podremos elevarnos sublimándolo y no solamente reprimiéndolo.
Su represión, particularmente la que es brutal y sanguinaria, se identifica con el instinto de la muerte, la anulación propia y la de nuestro entorno. Su aceptación, inclusión, e incorporación sirven el instinto de la vida y expresan nuestra libertad moral que nos permite elegir una vida de santidad humana.

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