Por Ethel Barylka

Ni una más.  Ni una menos . “Me too”.   Estos slogans se han convertido en símbolo de una generación que ubica el tema de la violencia y el abuso hacia la mujer bajo la luz de los reflectores. La cosificación de la mujer no es un tema nuevo, lo que ha cambiado es que tanto hombres como mujeres de hoy intentan poner fin a una tradición cultural milenaria, en una acción sin precedentes que podría arrastrar consigo cambios y modificaciones en los cimientos mismos de la cultura.

¿Y qué tiene esto que ver con Janucá? 

De los relatos del martirio de Janá y sus siete hijos, la rebelión osada de una de las hijas de la familia macabea y la valentía intrépida y astuta de Judit, todas historias relacionadas a Janucá, aprendemos que hay una tradición de resistencia femenina a la opresión que está entretejida en la transmisión tradicional de esta fiesta. Y, más aún, que estas historias de liderazgo y acción de mujeres involucran su negación del uso de sus cuerpos, su sexualidad o incluso sus vidas, como parte de la manifestación del uso del poder, generalmente masculino. Son ellas quienes deciden cómo y cuándo echar mano de ellos, porque a ellas les pertenecen.

Judit, se enfrenta al general enemigo cuando los hombres nada hacían para defenderse del opresor; la novia asmonea se desnuda por completo en un acto de denuncia social; Janá debe enfrentarse al poder, sola con sus hijos. Estas mujeres, al rebelarse, revelan la naturaleza del sistema opresivo. Operan en sistemas en los que las mujeres no tienen poder y, sin embargo, se convierten en fuertes símbolos de autoridad.

Conforme a lo enseñado en el Talmud, “Las mujeres están obligadas a encender las velas de Janucá, porque también ellas estuvieron en el milagro…”.  (Shabat 23 a), Rashí relaciona su explicación  con la tradición de que, en la época de los asmoneos, el poder gobernante había decretado que todas las novias judías fueran violadas en su noche de bodas por el oficial a cargo. Rashí, se refirió a la bárbara costumbre que se conservó en también en su tiempo bajo el nombre del “derecho de pernada” o «ius primae noctis», el privilegio feudal por el que los nobles tenían potestad de pasar la noche de bodas con la mujer de sus vasallos. Rashí luego agrega “y el milagro se logró con la ayuda de una mujer”.

Como ya hemos visto en otras oportunidades, esta figura del milagro que se realiza por parte de una mujer viene a responder la dificultad que plantea la afirmación que “las mujeres estuvieron en el milagro”- ¿acaso podría pensarse un milagro dirigido sólo a los varones? ¿Un milagro nacional selectivo?   Para salir de esta trampa, los sabios, o, por lo menos algunos de ellos, deben asumir que fueron mujeres las que provocaron el milagro. (Podríamos también detenernos a pensar en la naturaleza del milagro que como vemos aquí, parte de una acción humana y no de una acción divina unilateral).

Conforme a la tradición midráshica, en la época de los asmoneos, una prometida respondió a esta práctica institucionalizada de violación arrancándose el vestido de novia en medio de la fiesta de su boda y estando desnuda ante todos los reunidos, usando su cuerpo y de hecho su vida, espoleó a los presentes para que finalmente actuarán en contra de esta práctica, lo que provocó la revuelta de los macabeos.  Otros comentaristas vinculan el mandato talmúdico con la historia de Judit, que se leía comúnmente en Janucá, práctica que en el período moderno ha caído en desuso.

El libro de Judit es un libro apócrifo (no canónico o sagrado) para judíos y protestantes, pero deuterocanónico (inspirado) para los católicos (según lo fijado por el Concilio de Trento [1545- 1563]: “verdadera y auténtica palabra de Dios”). Según el relato, una hermosa viuda judía, llamada Judit aprovechó su belleza para derrotar al general del enemigo babilónico. Después de una serie de acciones sedujo al general Holofernes y ya en su tienda, lo hizo sentir sediento alimentándolo con queso salado, y luego lo emborrachó. Cuando se quedó dormido, Judit lo decapitó utilizando su propia espada, y se escabulló, llevando su cabeza cortada. Esta mujer con sabiduría, fe y valor, confronta al poder.

La tercera heroína de Janucá, Janá, aparece en el Segundo Libro de los Macabeos. El poder helénico había prohibido las prácticas del judaísmo, entre ellas la circuncisión, la observancia del Shabat, el estudio de la Torá. El Templo había sido profanado al instalarse en él una estatua de Zeus al cual se le rendían sacrificios:

“Poco tiempo después, el rey mandó a Geronte, el Ateniense, para obligar a los judíos a abandonar el culto de sus padres y para que no vivieran más según las leyes de Dios;  quería profanar el Templo de Jerusalén consagrándolo a Zeus Olímpico, y el templo de Grizim a Zeus Hospitalario, según lo habían pedido los habitantes del lugar. Esta agravación del mal fue penosa y difícil de soportar para todos. El Santuario estaba lleno de desenfrenos y orgías de los paganos que se entretenían con prostitutas, que hacían el amor con mujeres en los portales sagrados y que además llevaban allí cosas prohibidas.  El altar estaba cubierto de víctimas inaceptables, prohibidas por las leyes; 6 ya no había derecho para celebrar el sábado, observar las fiestas de nuestros padres y ni siquiera para confesar que uno era judío.  Cada cual estaba obligado por una dura necesidad a participar cada mes en la comida ritual, el día del nacimiento del rey, y cuando llegaban las fiestas de Dionisio, había que acompañar el cortejo de la divinidad llevando coronas de hiedra.” (Macabeos II; cap. 7) 

El libro de los Macabeos relata la historia de Janá y sus siete hijos, quienes fueron capturados por las tropas de Antíoco, torturados delante de su madre, para ser obligados a profanar el nombre Dios, rindiendo culto a Zeus. Uno a uno los hijos eligen morir, y por último también Janá, la madre. En algunas versiones de la historia, Janá es asesinada, mientras que en otras se suicida después de que el último hijo es asesinado. Sin embargo, en todas las narraciones, ella es alabada por apoyar y alentar a sus hijos a ofrendarse en lugar de violar la ley judía.

Regresemos al hoy. Mujeres y niñas han ganado libertad de acción en todos los ámbitos, y poseen autonomía sobre sus cuerpos y sus vidas. Sin embargo, vivimos aún en una cultura acostumbrada a pensar a la mujer desde un lugar de debilidad, por un lado y como objeto por el otro. A veces objeto de satisfacción sexual, otras, simplemente objeto, “cosa” carente de voluntad, de deseo, de vida propia y por tanto de autonomía.El activismo de la novia asmonea convirtió lo que generalmente son acciones privadas llevadas a cabo en secreto, en una acción pública. Sin Facebook, la vergüenza pública y la humillación en público, logró sus fines. En estos últimos años del «Me Too» somos testigos de la fuerza que otorga la denuncia pública. Aquello que sale a luz, ya no puede ser tapado.

La hija Asmonea lo sabía y sabía también que su acción no era sólo rebeldía personal sino un acto de denuncia y demanda a la sociedad judía en su totalidad. El judaísmo no puede quedar apático ni sometido a la injusticia social, si lo hacemos perdemos el derecho de ser quienes somos. Simplemente dejamos de serlo.

La explotación sexual de la mujer, la cosificación, la utilización de su cuerpo, no son cuestiones privadas, son cuestiones públicas que deben ser combatidas a partir del mandamiento básico del amor al prójimo y la creación de hombres y mujeres a Imagen y Semejanza

.La historia de Judit, nos ofrece un modelo de mujer que manipuló las expectativas de género convencionales de su época (y también de la nuestra) para subvertirlas. Sabía que quienes la rodeaban la verían como un objeto sexual y, por lo tanto, no como una amenaza seria, y lo aprovechó para obtener la victoria que sabía que su pueblo necesitaba. Al principio de la historia, sin embargo, cuando Judit reclama a los jefes de Israel, se nos presenta en toda su dimensión verdadera.  Una mujer viuda, rica, independiente y piadosa que tiene claro su fuerza y su poder: “Estos se presentaron, y ella les dijo: “Escúchenme, por favor, jefes de la población de Betulia. Ustedes se equivocaron hoy ante el pueblo, al jurar solemnemente que entregarían la ciudad a nuestros enemigos, si el Señor no viene a ayudarnos en el término fijado.  Al fin de cuentas, ¿quiénes son ustedes para tentar así a Dios y usurpar su lugar entre los hombres? ¡Ahora ustedes ponen a prueba al Señor todopoderoso, pero esto significa que nunca entenderán nada! Si ustedes son incapaces de escrutar las profundidades del corazón del hombre y de penetrar los razonamientos de su mente, ¿cómo pretenden sondear a Dios, que ha hecho todas estas cosas, y conocer su pensamiento o comprender sus designios? No, hermanos; cuídense de provocar la ira del Señor, nuestro Dios. Porque si él no quiere venir a ayudarnos en el término de cinco días, tiene poder para protegernos cuando él quiera o para destruirnos ante nuestros enemigos.  No exijan entonces garantías a los designios del Señor, nuestro Dios, porque Dios no cede a las amenazas como un hombre ni se le impone nada como a un mortal. Por lo tanto, invoquemos su ayuda, esperando pacientemente su salvación, y él nos escuchará si esa es su voluntad.  Porque no hay nadie en nuestro tiempo, ni hay entre nosotros, en el día de hoy, tribu, ni familia, ni comarca, ni ciudad que adore dioses fabricados por mano de hombre, como sucedía en los tiempos pasados. A causa de eso, nuestros padres fueron entregados a la espada y a la depredación, y sucumbieron miserablemente delante de nuestros enemigos. Nosotros, en cambio, no reconocemos otro Dios fuera de él; por eso esperamos que no nos despreciará, ni a nosotros ni a ninguno de nuestra raza. Si nosotros nos rendimos, caerá toda la Judea y nuestro Santuario será saqueado. Entonces tendremos que responder con nuestra propia sangre por esa profanación.  Además, el Señor hará recaer sobre nuestra cabeza, en medio de las naciones donde estaremos cautivos, la matanza de nuestros hermanos, la deportación de la gente del país y la devastación de nuestra herencia; y seremos objeto de burla y escarnio por parte de nuestros conquistadores.  Porque nuestra esclavitud no nos hará ganar la benevolencia de los vencedores, sino que el Señor, nuestro Dios, la convertirá en deshonra.  Por eso, hermanos, demos un buen ejemplo a nuestros hermanos, ya que su vida depende de nosotros, y lo más sagrado que tenemos, el Templo y el altar, también dependen de nosotros.  Más aún, demos gracias al Señor, nuestro Dios, que nos somete a prueba, lo mismo que a nuestros padres. Recuerden todo lo que hizo con Abraham y en qué forma probó a Isaac, y todo lo que le sucedió a Jacob en Mesopotamia de Siria, cuando apacentaba las ovejas de Lavan, hermano de su madre: así como a ellos los purificó para probar sus corazones, de la misma manera, nosotros no somos castigados por él, sino que el Señor golpea a los que están cerca de él, para que eso les sirva de advertencia”.   Libro de Judit, Capítulo 8, versículo 1-27.

Hacía muchos años que no regresaba a estos relatos, sobre todo al de Janá que acompañó mi infancia. Creo que no es casualidad. Con el correr de los años hemos elegido silenciar ciertas voces y relatos, tal vez porque no sabemos cómo enfrentarnos al tema del martirio en una época en donde morir por la fe tiene solamente connotaciones negativas.

Tal vez porque hablar de Judit, una mujer que la Iglesia convertiría en santa, no nos es del todo fácil. Tal vez, por nuestra hipocresía no podemos hablar de violaciones, novias desnudas y demás cuando a nuestro alrededor las noticias no hacen más que traernos una y otra vez las voces de miles de mujeres subyugadas y humilladas.

Janucá, invita a cada mujer y a cada hombre a verse a sí mismo y a su prójimo en la plena dimensión de su humanidad.  

Janucá nos recuerda que no hay separación entre la vida nacional, y la personal.

Nos reclama desde un lugar donde lo judío no puede quedarse en lo ritual, sino que debe trascender al plano de la acción social. 

Las historias que contamos importan.

Janucá ofrece el marco de su recordación, para que en la festividad no sólo se relata la historia de una revuelta militar, una lucha sobre las fronteras religiosas y la libertad, de pocos contra muchos, y del milagro del aceite que duró mucho más de lo posible, sino también como una gesta que contiene en su interior las semillas de la resistencia contra la injusticia de género tan claramente interconectadas.   

El texto que agregamos en la amidá de Janucá y en la oración de después de las comidas que resalta el contraste entre puros e impuros, malvados y justos, pecadores frente a los que se ocupan de la Torá, termina diciendo  uLjá asita shem gadol vekadosh beolameja  “Y a Tí te hiciste un nombre grande y santo en tu mundo”.

La acción por la justicia social, engrandece el nombre de Dios en el mundo, misión que es nuestro desafío

 

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