Ethel Barylka                                                                            Ilustración: Ofra Friedland

​La lectura de la parashá de Kedoshim, nos invita a analizar de nuevo a gran parte de los preceptos que aparecen en las escrituras de la Torá. “Habló el Señor a Moshé, diciendo: Habla a toda la congregación de los hijos de Israel, y diles: Santos seréis, porque santo soy yo el Señor vuestro Dios. Cada uno temerá a su madre y a su padre, y mis días de reposo [shabatot] guardaréis. Yo el Señor vuestro Dios” (Levítico 19:1-3).

De estos versículos podemos aprender que: además del precepto de respetar al padre y a la madre que aparece en Éxodo 20:9, existe el mandato de temer a los padres (que yo prefiero traducir como reverenciar a los padres). También que el respeto al padre y a la madre son una honra al Omnipresente tal cual como está escrito en el libro de Proverbios 3:9 “Honra al Señor con tus bienes, y con las primicias de todos tus frutos” Baba Metziá 32 a. Por último que tú, tu padre y tu madre, están obligados a respetar la orden “Yo soy el Señor¨ tal cual como lo dice Rashí en la Guemará que “el respeto al padre y a la madre no anula el cumplimiento de shabat, porque todos estamos obligados a respetar a Dios (Ievamot 5 b).
Nuestros sabios discutieron largamente el tercer principio sea por la cercanía de los versículos como por la importancia del tema. El cumplimiento del precepto de respetar al padre y a la madre no anula al Shabat y por lo tanto tampoco cancela a ningún otro principio de la Torá. Venerar a los padres no es un principio que está por arriba de cualquier otro porque también los padres tienen obligaciones. Y los hijos no están obligados a cumplir las órdenes que puedan dar los padres contra la ética divina o contra Dios.
Por lo que parece que esta mención está dirigida específicamente a los progenitores. Los padres deben recordar que rigen también sobre ellos principios superiores y una autoridad superior. Existe la Torá. Vive, la ética y los valores. Contamos con La ley. Hay una cantidad de exigencias que como adultos deben cumplir para merecer el respeto de su descendencia.
La reflexión de este tema en nuestros días, en los que nos enfrentamos a grandes desafíos en la educación de la joven generación, nos presenta un fenómeno paradójico: por un lado muchos progenitores olvidan que la imposición de su autoridad no es absoluta y que ellos deben comportarse con sus hijos siguiendo la ética y los valores. Desdichadamente todos los días nos enteramos del abuso y el maltrato que sufren niños de parte de sus padres y por otro lado, también observamos a un tipo de padres que no hacen absolutamente nada para imponer la autoridad en su familia, en un vano intento de ser aceptados, queridos y admirados por sus hijos renunciando a su deber paterno.
El Sefer Hajinuj nos explica qué significa temer a los padres: Es comportarse con el padre y la madre de la misma forma como nos comportamos con una persona que se respeta…
¿Qué es ese respeto?: no sentarse en su lugar, no hablar en su lugar y no contradecirlo (Precepto 212 50).
Como se puede apreciar son instrucciones simples. Estas actitudes conducen al padre a colocar límites muy claros. Acaso ¿permitimos que nuestros hijos nos interrumpan permanentemente toda vez que estamos hablando con otra persona? ¿Podemos finalizar una conversación en el móvil sin que nuestros hijos nos llamen la atención sobre cualquier cosa o cualquier tema exactamente en ese momento? ¿Respetan nuestros hijos los lugares establecidos en las sillas, los sillones y las mesas y a quién se le debe dar en exclusiva presidir la mesa?
El lugar de los asientos de los padres en la mesa y la forma de hablarles nos recuerdan que la función de los padres es educar. Un niño que no sabe hablar en el turno que le corresponde en la mesa o que contradice las palabras de sus progenitores, tiene altas probabilidades de transformarse rápidamente en un joven atrevido, díscolo y rebelde.
La fijación de lugares de asiento alrededor de la mesa es simbólico. Habla más del orden que de la jerarquía, del respeto que de la imposición. Da señales que en ese hogar existe la autoridad, y que hay cosas permitidas y actitudes prohibidas. Hay zonas compartidas y otras privadas. El dormitorio de los padres no es un depósito de juguetes sino la habitación de dos adultos que tienen derecho a la privacía. Los padres que respetan su propia zona y colocan límites podrán conceder esos espacios y superficies a sus hijos e hijas.

Lo que dijeron los sabios en el Talmud babilónico Kidushim 31 a preguntándose hasta dónde llega el respeto al padre y a la madre indicando que aún si le pega o le escupen en la cara no debe avergonzarlos y simultáneamente nuestros sabios ordenaron que el padre no debe castigar físicamente a su hijo mayor porque hay ahí un mensaje de colocar trampas al invidente indicando a su hijo de alguna manera un mal ejemplo. Este dicho se basa en el versículo de Levítico 19:14: “No maldecirás al sordo, ni pondrás tropiezo delante del ciego, sino que tendrás temor de tu Dios; yo soy el SEÑOR” y si no fuere así, al final se debe sancionarse a ese padre (Sefer Hajinuj).
Como podemos ver,  en el pasado cuando los golpes eran un instrumento educativo aceptado, nuestros sabios previnieron no usarlos porque esa conducta iba a influenciar los hijos para que transgredan el principio de respetar al padre y a la madre. Pareciese que en nuestra generación tenemos que prevenir a los padres en la dirección contraria. Es decir que estamos obligados a subrayar que la búsqueda de la amistad con el hijo, como el compañerismo, los guiños de ojos, ser compinche, ser igualitarios, va a provocar que los hijos transgredan el orden y respeto usando actitudes que deben ser guardadas para otros medios y circunstancias.
La fijación de límites no significa expandir el ego sino educar al niño a moderarse y postergar la satisfacción de su deseo inmediato lo que permitirá de un crecimiento y un desarrollo con mayor autoestima y seguridad. En debe saber que su niño y que frente a él se encuentra una persona mayor cuya misión es educar. El aprendizaje de estos principios y destrozó reglas generales mejor el diálogo entre padres e hijos cuando cada uno sabe cuál es su lugar.
El rey Salomón al inicio del libro de Proverbios nos deja este maravilloso mensaje: “Hijo mío, no te olvides de mi ley, Y tu corazón guarde mis mandamientos; Porque largura de días y años de vida y paz te aumentarán. Nunca se aparten de ti la misericordia y la verdad; Atalas a tu cuello, escríbelas en la tabla de tu corazón; Y hallarás gracia y buena opinión ante los ojos de Dios y de los hombres”.
Si los pobres se relacionan con los hijos como a seres humanos les es difícil olvidar los principios que grabaron en su corazón.
La educación ideal es como expone el mismo libro de los Proverbios en su primer capítulo versículo tercero: “Para recibir el consejo de prudencia, justicia, juicio y equidad; para dar sagacidad a los simples, y a los jóvenes inteligencia y cordura. Oirá el sabio, y aumentará el saber, Y el entendido adquirirá consejo”.
Las críticas a los hijos se deben dar de manera vigente y con mucha comprensión y no por medio de castigos. Hay en la educación un método infalible que se llama el “ejemplo personal” y la fijación de los normas para que no suceda lo que nuevamente este libro maravilloso nos enseña en el capítulo 17:10 “La reprensión aprovecha al entendido, más que cien azotes al necio.” Ese tipo de relación de crítica y de reprensión es 1000 veces mejor que 10 latigazos tal como lo dice el rey Salomón.
“Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (22:6), debe entenderse también como en el camino que el joven se merece. Rashí nos dice “un camino por el que ande siempre” y Hameiri agrega “acostúmbrenle a proceder según su naturaleza y deseo… y si así obrare, tampoco se apartará el aprendizaje en su vejez”
El desafío es que los padres aprendan la senda apropiada del joven, y actuar según su naturaleza y sus capacidades, sin huir de la responsabilidad, que también está determinada y limitada por la ética y los principios, y por la autoridad divina.

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