Por Ethel Barylka

En Parashat Vaetjanán somos testigos de las súplicas de Moshé ante Dios para entrar en la Tierra de Israel. Dios se mantiene en su negativa. Después de esta dramática apertura, Moisés continúa con las palabras de reprimenda al pueblo. Ya al ​​comienzo de sus palabras encontramos su afirmación:

“Vuestros ojos han visto lo que hizo Hashem en el caso de Baal-peor, pues a todo hombre que siguió a Baal-peor, H´ tu Dios lo destruyó de en medio de ti. Mas vosotros, que permanecisteis apegados al Señor vuestro Dios, todos estáis vivos hoy” (Deuteronomio 4: 3-4).

Nuestros sabios se enfrentaron a la pregunta de ¿por qué para hablar de la devoción a Dios era necesario mencionar esta terrible transgresión de los hijos de Israel debido a la cual muchos de ellos fueron destruidos en la peste?
El contraste no es accidental sino esencial, porque no hay nada más lejano del apego a Dios que la idolatría. Y no cualquier acto idólatra, sino particularmente el de Baal Peor que se identifica sobre todo con el lado instintivo de nuestra humanidad. Este rito idolatra incluía, entre otras cosas, según la descripción de la Guemará, en hacer las necesidades en público frente a la estatua del ídolo.
El servicio a Dios significa trascender las pasiones y adherirse a Sus caminos mientras que en este acto idólatra específico el hombre sirve y está esclavizado a su aspecto más bajo y no a su aspecto creativo.

Nuestros sabios en el Talmud se refieren a esta oposición como “Que se han unido y amarrado [hanitzmadim] a Baal-Peor” como un brazalete [ketzamid] en el brazo de una mujer, que se usa sin apretar. “Pero ustedes que se apegaron al Señor su Dios” significa que en realidad se adhirieron el uno al otro, es decir, establecieron una conexión estrecha” Sanedrín 64a.

El hombre se aferra a la idolatría de manera externa, como un brazalete en la muñeca, incluso que si estuviera bien sujeto no deja de ser algo externo al hombre. El apego a Dios, es adherencia real, es una virtud interna, es un fenómeno de mente y pasión, de amor y corazón, y no un objeto. Es una expresión, un desafío. Es un destino al que el hombre aspira llegar. El apego a Dios plantea un parámetro de comportamiento. Aferrarse a Dios significa caminar en Sus caminos. Caminos de verdad y justicia, ley y gracia.

“Y andarás por su camino”-. Que harás lo bueno y lo recto y haréis el bien unos a otros. (Ramban, Deut. 26:17).
Es el apego a lo humano que hay en nosotros y, por lo tanto, a lo divino que hay en tanto criaturas creadas a Imagen y Semejanza.

El apego a Dios nos presenta una visión de una sociedad humana justa en el centro de la cual ya no estamos esclavizados a la libertad imaginaria de la idolatría sea cual sea, sino a la auténtica libertad que se deriva de la realización de lo humano que hay en nosotros en el sentido más más profundo, más amplio y más significativo. La visión no es una utopía. Esta visión puede cumplirse, pero su cumplimiento requiere esfuerzo. Ninguna visión de la libertad puede cumplirse hasta que el hombre esté listo para separarse de lo infantil que hay en él, de la dependiente que hay en él, tal como con tanta claridad nos enseña la Torá “por tanto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Bereshit 2: 24).
Para unirse a su mujer, el hombre debe superar su dependencia de sus padres, a fin de aferrarse a Dios, el hombre y el pueblo deben superar la subordinación a la fantasía pagana y ser libres como está escrito en la parashá “Yo soy el Señor tu Dios que te sacó de la tierra de Egipto de la casa de la esclavitud, no tendrás otros dioses delante de mi” (Deuteronomio 5) y ahora eres libre. Tú que saliste de Egipto y conociste el sentido de la libertad, debes esforzarte en el esfuerzo cotidiano de reparar el mundo
“Caminando en tu camino, al acostarte y al levantarte” (Deuteronomio 6:7).
Cada día, cada momento, cada segundo. Difícil pero posible.

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