Por Ethel Barylka                                                 Ilustración: Grace Nehmad

La segunda parte de la parashá Behaalotjá nos trae un dramático relato en el que se mezclan la ira de Dios, fuego, lujuria, falsedad y oraciones. Una transición abrupta del servicio sacerdotal y el traslado del Tabernáculo que aparece en la primera parte, hacia un pueblo que se queja de su destino en el desierto: “Aconteció que el pueblo se quejó a oídos del Señor y lo oyó el Señor, y ardió su ira, y se encendió en ellos fuego de Dios, y consumió uno de los extremos del campamento” (Bemidbar 11:1). La palabra hebrea que utiliza el versículo es mitonenim que en su sonoridad recuerda a onen, que es la categoría de la persona en las primeras horas de su duelo, que transcurren desde el fallecimiento hasta el entierro. Como si el pueblo lleno de sentimientos de autocompasión estaría en duelo por sí mismo.

La gente, a diferencia de Moshé, ha reducido su fe en el objetivo, y por tanto también en el camino. Si hubieran tenido fe en el propósito, el camino hubiera sido más tolerable y significativo. Pero, el pueblo todavía está inmerso en la experiencia de su esclavitud y echa de menos a “los pescados que comió gratuitamente en Egipto”. Tiene nostalgia, pero no memoria, ya que los egipcios ni siquiera les daban paja sin cobrarles, y mucho menos productos del mar (Ver el comentario de Rashí allí).

A continuación, aparece la descripción de las quejas de Moshé porque ya no puede cargar con ese pueblo: “No puedo yo solo soportar a todo este pueblo, que me es pesado en demasía”. Dios reacciona a esas quejas y decide que setenta ancianos compartan la conducción: “Entonces Dios dijo a Moshé: Reúneme setenta varones de los ancianos de Israel, que tú sabes que son ancianos del pueblo y sus principales; y tráelos a la puerta del tabernáculo de reunión, y esperen allí contigo. Y yo descenderé y hablaré allí contigo, y tomaré del espíritu que está en ti, y pondré en ellos; y llevarán contigo la carga del pueblo, y no la llevarás tú solo” (Bemidbar 11:14-17).

Después del nombramiento de los 70 ancianos, leemos una breve mención acerca de dos personas que profetizan en el campamento: “Y habían quedado en el campamento dos varones, llamados el uno Eldad y el otro Medad, sobre los cuales también reposó el espíritu; estaban éstos entre los inscritos, pero no habían venido al tabernáculo; y profetizaron en el campamento. Y corrió un joven y dio aviso a Moshé, y dijo: Eldad y Medad profetizan en el campamento” (Bemidbar 11:24-27).

Yehoshúa le dice a su maestro que deben ser encarcelados, pero, Moshé reacciona de manera inesperada: “¿Tienes tú celos por mí? Ojalá todo el pueblo del Señor fuese profeta, y que Dios pusiera su espíritu sobre ellos”.

Moshé, verdadero líder, no se siente amenazado por Eldad y Medad. Tampoco cree que su alumno y sucesor deba estar celoso por él. No necesita que nadie proteja sus derechos. Al contrario, Moshé sabe muy bien que está en ese espacio por decisión divina. Y sabe que la unión con la divinidad no está relacionada con cargos públicos, al contrario, muestra su felicidad que haya otros seres que gozan del privilegio de contar con el espíritu divino.

Este relato está relacionado al momento del nombramiento de los ancianos que se desempeñarán como jueces, enseñándonos que por encima del nombramiento de cualquier autoridad el espíritu divino puede revelarse a todas las personas del pueblo de Israel y no necesariamente a miembros de la elite gobernante.

Moshé sabe que su máximo logro como líder lo alcanzará cuando la función de conductor sea irrelevante, porque el pueblo alcance una vida plena de espiritualidad.

“Las palabras de Moshé son un arquetipo eterno para todos los maestros y conductores de Israel que señalan el máximo ideal de sus aspiraciones cuando logren dejar de ser imprescindibles y necesarios, cuando el pueblo se eleve y ya no necesite de preceptores y conductores. Cuando Moshé exclama a su alumno: ¿Tienes tú celos por mí?, limpia el terreno de toda división posible entre los “sacerdotes de la fe” que se ocupan del servicio divino y las personas simples que llevan una vida cotidiana” (Shimshón Refael Hirsch).

 

 

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