Por Ethel Barylka                                                                                                         Ilustración: raechichi
La revelación del Sinai y la recepción de la Torá son quizás la cumbre de las Escrituras.

La lectura de la semana inicia con la visita de Itró, el suegro de Moisés y con recepción real que recibe. Continúa con su asesoría acerca de la gestión y organización del sistema judicial de Itró y recién después aparece el relato del Sinaí.

Si nos atuviéramos al relato cronológico, Israel organiza su sistema legal antes de recibir la Torá. Este es el principio de sistema judicial organizado. Aún las leyes de origen divino, deben ser aplicadas por las personas reales que son los jueces. Moisés imbuido por el espíritu profético juzgó a la gente hasta entonces, como ser humano.

Mucho se ha escrito sobre la filosofía del Derecho Hebreo y el sistema judicial, a partir de dos enfoques básicos. Uno el de Aarón el pacifista activo, que “amaba la paz, buscaba la paz y procuraba hacer la paz entre las personas”, y el otro de Moisés, “la ley debe atravesar la montaña” en el sentido de no apartarse de la misma bajo ninguna circunstancia (Sanedrín 6 b). Como que  la ley y la  compasión no pueden ir juntas.

De pronto urge encontrar una solución de compromiso entre las posiciones opuestas. Se debe llevar a la paz, al acuerdo y a la integridad, empresa que permitirá la convivencia. Es interesante hacer notar que la recepción de la Torá fue lograda después que se estableciera un sistema humano capaz de absorberla, asimilarla y aplicarla a la humanidad, compasiva e indulgentemente.

Si nos fijamos bien en los preparativos para la recepción de la Torá, parece que la elección misma de la ubicación del evento es muy significativa. La Torá no sólo se da a las personas “calificadas” para recibirla, sino que también en el espacio más apropiado para ello. Ese lugar no se encuentra en Israel, ni en Egipto, sino en el desierto, en la zona intermedia entre ambas geografías.

La Mejilta de Rabí Shimon Bar Iojai plantea comentarios incisivos al respecto (Psikta Zutrata 19):   La discusión acerca de la razón de lo que trae la repetición de esa ubicación en el  Sinaí en versículos contiguos “a los tres meses de haber salido de Egipto, los israelitas llegaron al desierto de Sinaí.  Después de partir de Refidín, se internaron en el desierto de Sinaí, y allí en el desierto acamparon, frente al monte” (Shemot 19:1-2), se responde que: “La Ley fue entregada en el desierto, en una zona desguarnecida, de dominio público. Si se hubiera dado en la tierra de Israel, los allí nacidos hubieran alegado que sólo a ellos les pertenece. Si en otro, hubieran sido los locales quienes se hubieran adjudicado su propiedad. Por eso se entregó en una zona deshabitada, pública. Como no tiene propietarios, el que quiere que venga y la tome”.

La Torá fue entregada en el desierto, en una tierra de nadie, ubicada entre las dos civilizaciones. Así aprendemos que la aceptación de la Torá y su existencia no están relacionadas con Israel.

Este símbolo nos expresa que no hay relación territorial de la Ley con ningún espacio. Que su universalidad se consagra desde la Revelación. El monte de Sinai no fue dotado de ninguna santidad, ni la tiene para nosotros, pese a que sobre él se reveló la Presencia Divina.

En nuestra época esta afirmación puede sonar extraña, pero, en la abolición de las preferencias geográficas se encuentra el secreto de la eternidad de la Torá, de su universalidad, de haber sido guardada por el pueblo judío en todos los lugares donde le tocó residir.

Fue entregada fuera de Israel aunque muchos preceptos son de cumplimiento único allí.

Hay razones para pensar que la tradición judía enfatiza la santidad del tiempo sobre la santidad del espacio. Incluso antes de la entrega de la Torá, después de dividir el mar, el pueblo recibe la orden de guardar el Shabat, corazón del tiempo nacional.

Antes de la entrega de la Torá, recibieron nuestros antepasados el precepto del Shabat, que es el palacio del tiempo a lo largo del tiempo, y que debe ser cuidado en todos los espacios. Este día se convirtió en la quintaesencia, el  epítome de nuestro pueblo.
                                                                                                                                  

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