Por Ethel Barylka                                                                                   Ilustración: Carina Bentolila

Aconteció, pues, que tan pronto como Moshé se acercó al campamento y pudo ver el becerro y las danzas, empezó a  encenderse su cólera, y al instante arrojó de sus manos las tablas y las hizo añicos al pie de la montaña” (Shemot 32:19).
La ruptura de las Tablas de la Ley plantea preguntas agudas que preocuparon a los comentaristas y exegetas bíblicos de todas las épocas. ¿Por qué Moisés estaba enfadado y sorprendido de la actitud  del pueblo? ¿Acaso D-os no le había dicho: “Ve, desciende, porque tu pueblo que hiciste subir de la tierra de Egipto ha actuado ruinosamente” (32:7)? ¿Cómo podemos concebir que las tablas que D-os hiciera pueden romperse por un acto humano? Recordemos que “las tablas eran la obra de D-os, y la escritura era la escritura de D-os grabada sobre las tablas” (32:17).

Al intentar responder a la pregunta, descubriremos distintas tendencias entre los especialistas.

Ibn Ezra, por ejemplo, dice “Moshé rompió las tablas que tenía en sus manos como un testimonial por su gran celo. Como que despedazó el documento del compromiso (entre él y   su pueblo)”. Como un novio despechado y traicionado rompe el contrato de unión antes de la boda, porque de otra manera, el escarmiento hubiera sido mucho peor. Otra razón que encontramos nos explica que una acción que se lleva a cabo frente a la vista, vale mucho más de lo que se oye, por eso, cuando vio el becerro y los bailes del pueblo, arrojó inmediatamente las tablas” (Toldot Itzjak Shemot 32:19). Moshé vio y comprendió. Una imagen vale más que mil palabras.

Además enseña uno de los nietos de Rashí, Shmuel ben Meir, el  Rashbam, “cuando Moshé  vio el becerro perdió su fuerza, se sintió débil, (endeble y enfermizo),  y arrojó las tablas, lejos de él para que no se escapen de sus manos y le caigan en los pies”.

Moshé, el ser humano, enfrenta la situación como puede.

Cada una de las fuentes citadas, escogidas entre otras muchas más, humaniza la figura del líder, a su manera. La persona que subió al monte, habló con D-os, discutió con Él, que partió el mar y derrotó a Amaleq, no es dios, ni hijo de dios, ni siquiera semi-dios. Es un ser humano. De los más importantes que supo la humanidad, pero, de carne y hueso y desde lugar se enfrenta a las situaciones y reacciona.

Desde otro ángulo, podemos ver la discusión en el Talmud de Jerusalén según la que: “Cuando Moshé  bajó del Sinaí,  las tablas quisieron regresar a los cielos y Moshé las contuvo”… “Las tablas deseaban “dejarse llevar” por las corrientes de aire y volar y fue Moshé quien las amarró…”. Según este segundo enfoque, no fueron las tablas sino las letras, que eran las que sostenían el peso, las que desearon ascender al cielo, y sin ellas, las tablas pesaron demasiado y se cayeron y rompieron  (Ver Yerushalmi Taanit 4,5). Ello nos enseña que cuando se pierde el significado, que es lo que se desprende de la afirmación “las letras fueron lanzadas al viento”, hasta las Tablas de la Ley pueden ser sólo pedruscos.

La santidad no reside en el  objeto en sí, sino en su esencia.

Así aprendemos que también las Tablas de la Ley al igual que todo lo que nos rodea en la vida, se pueden convertir en objetos vacíos, y al mismo tiempo  imposibles de ser cargados  si pierden su naturaleza esencial e invariable.
​Sin ellas son únicamente formas vacías.

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