Por Ethel Barylka                                                                      Ilustración: Rivka Lembergart

La Parashá Vaiytzé nos relata el exilio de Yaakov de su hogar. “Y salió Yaakov de Beer Sheva, y fue a Harán (Génesis 28/1). Una expresión curiosa y hasta ingenua en cierto sentido, ya que como sabemos Yaakov se escapa del hogar a causa de su hermano Esav que quiere matarlo.

La expresión sin duda nos plantea un enigma.

“Sfat Emet” pregunta que si tanto su madre Rivká, el Eterno, como el profeta Oshea  dicen que Yaakov se escapó “Mas Yaakov huyó a tierra de Harán” (Oseas 12:13)  ¿porqué la Torá dice “Y salió Yaakov…”, no huida, sino salida y caminata?” Y responde: “que el corazón de Yaakov estaba siempre dispuesto a confiar en Dios (no en el milagro).” Y por lo tanto, continua el Sfat Emet, no huye a causa de su hermano Esav, sino que es temeroso de Dios y sale de Beer Sheva para cumplir con el precepto de respetar a los padres, ya que fueron ellos quienes le ordenaron irse y al salir su corazón está dolorido y languidece ante la perspectiva de tener que abandonar a su padres y dejarlos solos. Por lo tanto no corre, sino que sale lentamente y camina hacia Harán y no huye hacia Harán.

Conforme a esta interpretación Yaakov no se apura, no sólo que no huye sino que camina lentamente, sale a su pesar, porque su madre y su padre se lo pidieron.

Pero ¿Por qué dice la Torá “salió”? ¿No hubiera sido suficiente decir “fue”?

Rashi plantea  otra pregunta fundamental: ¿“No debió decir  sino “Y fue Yaakov a Harán”?. ¿Por qué mencionó la salida?” O sea, ¿qué necesidad hay de decir que salió? Es obvio que si fue, antes salió.

Pareciera que el término “salió” viene a enseñarnos algunas cosas. Tal vez podamos encontrar una insinuación cerca del significado de este término en los dos versículos que siguen y relatan acerca del sueño de Yaakov: “y se encontró con un lugar, y durmió allí porque ya el sol se había puesto; y tomó de las piedras de aquel lugar y puso a su cabecera, y se acostó en aquel lugar.  Y soñó, y he aquí una escalera que estaba apoyada en tierra, y su cabeza tocaba en el cielo; y he aquí ángeles de Dios que subían y descendían por ella” (Génesis 28:11-12). Solamente cuando Yaakov sale de la casa de su padre y su madre, en la soledad del camino, en la salida de la seguridad a lo desconocido, sólo entonces sueña el sueño. Allí cuando está solo, por sus propias fuerzas y capacidades, sin defensas, descubre no sólo su determinación y su fortaleza espiritual sino que se le aclara su misión. Allí en el camino, en la salida, recibe la promesa divina y es capaz de contenerla “Y despertó Yaakov de su sueño, y dijo: Ciertamente el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía” (Génesis 28:16).

Yaakov hubiera podido despertarse de su sueño y continuar el camino como lo hacemos la mayoría después de un sueño extraño. Pero él ya supo salir al camino, a la búsqueda, a la soledad que nos permite la recepción de lo más elevado de nosotros. Yaakov, como Abraham en el “Lej Lejá1” (vete), está dispuesto a salirse de sí mismo, en una especie de nuevo nacimiento. El “vete”  de Abraham no es sino la preparación del camino para el “Y salió” de Yaakov, ya que de los tres patriarcas es Yaakov quien es llamado Israel. Todo el trazo del camino parece conducir a él. Israel, que toda su vida será una trayectoria de doble movimiento de la tierra al cielo y del cielo a la tierra.  Un diálogo eterno entre lo material y lo espiritual. Entre Israel y su Dios, entre el Hombre y su Creador.

Para poder seguir adelante primero tuvo que dejar  a su padre y a su madre, pasar lentamente por el “y salió” para poder ir hacia su misión y su destino.

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